Darwin la cagó (o casi)
Micorrizas
Lo admito: yo, que he sido un ferviente defensor de la Teoría de la Evolución y de Darwin, reconozco —quizá más por deseo que por persuasión— que algo en el relato clásico se queda corto. No porque Darwin estuviera equivocado, sino porque su teoría, hija de su tiempo, fue leída durante décadas de forma parcial.
La vida no avanza únicamente por la supervivencia del más fuerte, del más rápido o del más apto en soledad. La evolución no es solo competencia: es, sobre todo, relación. No es un error menor. Es una omisión fundamental.
No somos polvo cósmico estéril y aleatorio. Somos nodos en una red. Existe una conexión profunda y trascendente que nos liga entre nosotros, humano a humano, y que sostiene a la especie por encima del individuo. Tampoco somos indiferentes para el planeta: no podemos vivir sin él y él, tras milenios de coevolución, ya no sería el mismo sin nosotros.
El punto ciego del relato evolutivo tradicional tiene nombre y apellido: simbiosis. Y su expresión más elegante en el mundo vegetal se llama micorriza.
La vida se abre camino, sí, pero no siempre asfixiando, destruyendo o aniquilando. Muy al contrario: en el mundo vegetal la regla dominante no es la competencia directa, sino la cooperación silenciosa. Las plantas no luchan: se conectan.
Desde hace más de 400 millones de años, plantas y hongos han tejido un ecosistema subterráneo de una complejidad asombrosa. A través de las raíces, ambos reinos forman asociaciones simbióticas en las que todos ganan: la planta aporta carbono; el hongo amplía de forma exponencial la capacidad de absorber agua, nitrógeno, fósforo y micronutrientes. Pero el intercambio no es solo material. Es informacional.
Hoy sabemos que los bosques están atravesados por auténticas redes biológicas —a veces llamadas wood wide web— que permiten a las plantas comunicarse, advertirse de plagas, redistribuir nutrientes y sostener a los individuos más jóvenes o debilitados. No es poesía: es fisiología vegetal.
La micorriza no une individuos aislados; crea comunidades. Donde hay abundancia, fluye el exceso. Donde hay carencia, llega el apoyo. El éxito no pertenece al más fuerte, sino al sistema que mejor coopera.
Este milagro lo sostienen unos seres históricamente despreciados: los hongos. Reducidos durante siglos a su toxicidad ocasional para el ser humano, han sido juzgados desde una mirada estrecha y utilitaria. Sin embargo, son ingenieros del ecosistema: reciclan la materia muerta, cierran los ciclos biogeoquímicos y sostienen la vida visible desde la invisibilidad del suelo.
Entre ellos existen organismos oportunistas, como las levaduras y los saprófitos, que descomponen la materia inerte. Y existen otros —los más sutiles y simbióticos— que no conquistan el entorno, sino que lo enlazan. Las micorrizas conectan millones de kilómetros de raíces en una sola red viva. No dominan: integran.
Así, el mundo vegetal no funciona como una suma de individuos, sino como un organismo distribuido, resiliente y cooperativo, cohesionado por la red micorrícica.
¿Dónde aparece entonces la disonancia? En nosotros.
El ser humano, animal cultural y tecnológico, ha llevado al extremo una lectura sesgada de la evolución: competencia sin límites, crecimiento sin freno, éxito individual como medida de valor. No porque Darwin lo afirmara, sino porque así lo hemos querido entender.
Nos hemos proclamado reyes de la creación, culmen de la evolución, propietarios del planeta. Todo nos está permitido, todo existe para nuestro uso y disfrute. El resultado no es desarrollo, sino depredación; no es progreso, sino parasitismo. Extraemos sin devolver, consumimos sin regenerar, conectamos solo para dominar.
No hemos tejido redes: las hemos roto. Hemos talado, quemado, extinguido. No habitamos la Tierra: la colonizamos. No generamos resiliencia sistémica; erosionamos los equilibrios que nos sostienen.
Y, sin embargo, la biología nos ofrece otra posibilidad.
Si la evolución nos enseña algo, es que los sistemas que perduran no son los más agresivos, sino los más integrados. La vida no prospera aislándose, sino enlazándose. Desde las micorrizas hasta las células eucariotas, la historia de la vida es una historia de alianzas.
Hasta que no comprendamos que nuestra función en la biosfera no es dominarla, sino conectarla; que nuestra misión no es ser depredadores, sino facilitadores de vida; que estamos llamados a ser la micorriza consciente del planeta, no existirá un futuro estable para la vida.
La pregunta ya no es si podemos hacerlo.
La pregunta es si llegaremos a entenderlo a tiempo.