La dignidad no se jubila: Moralejas de un trabajador jubilado ante la soberbia política y patronal

Como trabajador y sindicalista jubilado de base, me indigna profundamente que cierta clase política y mediática pretenda tomarnos por incultos o iletrados. Escuchar a políticos de derechas y a tertulianos a sueldo rasgarse las vestiduras, manifestándose contra la subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) y tachándolo de "elemento distorsionador" o de "freno a la economía", me produce un rechazo absoluto que me quema por dentro.
Cualquier persona que haya pisado un tajo, una fábrica o una oficina sabe perfectamente lo que estos "expertos" de corbata ignoran por completo o pretenden ocultar: que el SMI, como su propio nombre indica, no es ni debe ser el salario real. El SMI es un suelo de mínimos, una frontera legal infranqueable. Significa, lisa y llanamente, que pagar por debajo de esa cantidad es un delito.
Hasta el más humilde de los trabajadores sabe (quizá porque es él quien saca el país adelante con sus manos) lo que la derecha y sus terminales mediáticas desconocen: que los salarios reales se regulan en cada sector a través de los Convenios Colectivos, ya sean de ámbito sectorial o autonómico. Y que, por encima de ellos, con carácter de mejora, se conquistan los convenios y los acuerdos económicos de empresa. Pretender que una relación laboral pueda establecerse por debajo del SMI no es economía; es un absurdo que raya en la esclavitud. Si un mal llamado "emprendedor" no es capaz de garantizar a sus trabajadores ese mínimo de subsistencia, ese inútil no está capacitado para gestionar una empresa. Que deje el sitio a quienes sí saben dirigir un negocio sin basar su rentabilidad en la pura explotación laboral.
Es todavía más triste y sangrante ver cómo desde la propia Administración pública, o desde sus empresas y entes satélites, se amparan estas lógicas de miseria y se consiente que haya empresarios pagando una miseria, despreciando de forma flagrante el valor de la negociación colectiva y el papel constitucional de los sindicatos como mediadores sociales.
Lo estamos viendo en gigantes como AENA, que ha pasado de incluir cláusulas sociales en sus pliegos a primar la rapiña, el lucro desmedido y el enriquecimiento corporativo a costa de exprimir las licitaciones.
Los trabajadores jubilados no hemos perdido la memoria ni la conciencia laboral.
Si de verdad aspiramos a una sociedad justa, moderna y avanzada, debemos normalizar una premisa básica: los beneficios empresariales, tanto económicos como corporativos, tienen que redistribuirse socialmente en forma de salarios dignos y mejoras sociales a través de los convenios colectivos.
La economía debe estar al servicio de la vida, no de la codicia de unos pocos.





